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lunes, 17 de julio de 2017

EL PALERO


La camisa raída y con olor a sudor de varios trabajos, es un andrajo que se tira encima para disimular que no le gustan esos trapos.
Está parado el palero en la misma esquina de siempre,
esperando con la pala en la mano a que lo llamen para irse a trabajar.
Llega la volqueta buscando paleros porque van para el río por un pedido grande.
Se sube Fósforo con el resto de paleros, se amarra un trapo rojo en la cabeza como si fuera una pañoleta y eso es lo único que lo protegerá del sol.
En medio del agua, todos empiezan su faena de paliar arena y piedras.
Es una labor titánica, mecánica de mucha fuerza y baquía.
El sol arrecia y ellos charlan con su lenguaje vulgar sobre obscenidades.
El sudor los baña tan rápido como el agua que les pasa por los pies.
El corazón se les ve palpitar desde lejos.
Los paleros son de cuerpos flacos y músculos rayados, templados por el arduo trabajo, magros como corceles de carreras, fuertes de manos callosas, hablar rudo, desafiante mirar, viciosos después de trabajar.
La tarde cae y la faena termina, es la hora de tomar cerveza fría, de fumar piel roja, de ir donde las mujeres malas que son muy buenas, es la hora de volver a casa con escasos pesos, es la hora de dormir para volver a trabajar.
El rio espera sin cesar.
En otros lugares los hombres van en carro a gimnasios, a pujar en cuatro series de ocho repeticiones, gritan sus esfuerzos para que los vean, se miran al espejo sus inflamados músculos, alardean con ese caminar de arrogantes, y se inyectan esteroides para verse más musculosos.
Luego se van a casa a jugar play stations con sus mentes de estúpidos pobres.
Borrachito un día bajaba Fósforo para la casa, y otro borracho en su caballo lo tiró a la mierda, lo dejó en silla de ruedas y ya no sirve para nada el palero, me dice que se quiere morir, que ya ni la comida se levanta.
Y se murió el palero, se murió Fósforo, un amigo, un paisano, un hombre de verdad que conocí un día en mi pueblo.



JON GALLEGO OSORIO
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